Domingo por la tarde, una de tantas tardes invernales. La verdad no acostumbro a salir mucho a la calle los domingos en la tarde. Aborrezco los domingos, días sosos, días vacios. Pero hoy romperé el esquema que prácticamente se ha hecho costumbre: Me preparo para salir a la calle un domingo en la tarde.
Me pongo una ropa abrigadora. También saco una casaca y reviso mi plan para esta tarde noche. Hoy es el día del pollo a la brasa. Reviso la billetera para ver si tengo respaldo financiero o si voy al cajero a sacar un poco mas de dinero. Tengo exacto lo creo que voy a gastar y entonces salgo para tu casa.
Tomo un taxi. No regateo en el precio. Te llamo desde mi celular para decirte que estoy en camino y que me esperes en la puerta. El tráfico es horrible y algunas de las calles más transitadas están cerradas por completo. Ver que lentamente el taxi avance, hace que fije mi atención en las calles y en algunos detalles que solo se descubren si uno mira con detenimiento las mismas. El taxista me mira por el espejo retrovisor. Con señas me dice que cortara camino por esta otra vía. Yo asiento con la cabeza. La radio del auto con volumen bajo, la radio captada; presentaba algunas canciones románticas del recuerdo. La mezcla de la música del taxi y la pareja que abrazada junta sorteaba los montículos de arena, me hizo pensar que el amor también puede ser actos sencillos y no solo grandes sacrificios. El taxista me vuelve a mirar por el espejo y me dice:
Vas a ver tu enamorada, me parece bien que la saques a pasear. El domingo es el día perfecto para las parejas. Así conquiste a mi pareja, Camilo Sesto y paseos en el parque los domingos en la tarde.
Le sonreí, para no parecer mal educado. El tipo abrió la guantera en un acto de rápida coordinación; digno de un malabarista y me dio unos trípticos de un par de hoteles:
“El segundo es más caro; pero vale la pena por el desayuno y las camas más amplias; mira que si te llevo me dan una comisión, así que ambos ganamos”. Dijo el taxista.
Mire detenidamente los folletos y me los guarde en la casaca. El auto esquiva nuevamente otro embotellamiento. Más que taxista insisto es malabarista. Se detiene y me indica que hemos llegado a nuestro destino. En la puerta estabas, esperándome. Salgo del taxi y te abrazo. La desesperación de no verte, de no tenerte cerca. El deseo de rozar tus labios, tan dulces. La necesidad de abrazarte y tenerte cerca. El amor más puro, expresado con el gesto más sencillo: Un beso. Deseo que el momento sea eterno; pero el claxon del taxi interrumpe el momento:
Son S/. 3.50.
Me acerco y le pago. El taxista se despide cordialmente y me giña el ojo. Me volteo para verte. Sonríes y eso me cautiva. Te contemplo toda, tu casaca negra combina con tu pelo medianamente largo y liso. Te tomo de las manos. Te quiero sentir, te quiero besar. Te quiero abrazar. Viene otro beso, mucho más largo y mucho más dulce. El amor es eso. El amor es sencillez. El amor te hace perder la cabeza.
Salimos a caminar. Me agarras de la mano y apoyas tu cabeza sobre mi brazo. Conversamos de algunas cosas sin mucha importancia, mientras nos dirigíamos al parque. Nos sentamos en una banca, cerca a un árbol. Sacaste del bolsillo de tu casaca una bolsa de galletas que habías preparado para mí. Agradecí tu noble gesto, te abrace con fuerza. Hacia frio en la calle. Nos levantamos a dar una par de vueltas al parque. Vemos a un hombre que hace retratos en carboncillo. Me detengo para decirle que haga uno tuyo. Sonreías mientras el dibujante rápidamente hacia una silueta tuya. Comenzó a pintar una serie de detalles con una rapidez única. Volteaba a mirarte y a cada instante agregaba más detalles. El arte de por si trata de buscar eso: Cautivar a quien lo mire. Luego de tener casi listo tu rostro, se dirige a ti y te dice:
Quítese un momento la casaca para poder tomarle su mejor ángulo.
Mira un par de detalles y rápidamente, encuadra la cartulina y repinta algunas zonas, hace muchas líneas diagonales hacia la derecha. Saca el borrador y voltea la cartulina diciendo:
Listo son solo S/. 10.00.
Le pague. Te doy el dibujo y sonríes. Me das la cartulina y me asombro de lo bella que te vez. Caminamos hacia otra calle. Tomados de la mano. Me comentas algunas cosas de tu trabajo, algunas las escucho con detenimiento. Me preguntas por mis asuntos. Te comento algunas de las novedades de la oficina. Te detienes y me vuelves a abrazar. Acercas tus labios a mi oído y me dices:
Quiero que siempre este a mi lado.
Te abrazo con mucha fuerza y te vuelvo a besar. Luego del beso, comienzo con los juegos que te gustan. Te conozco más que nadie y sé hasta dónde puedo tocar sin llegar a ser morboso. Te ríes y me dices que te hago cosquillas. Continuo haciéndolo, mientras te ríes. Te acercas a mí y me besas. En eso una señora que pasaba por ahí, renegando nos grita: Morbosos.
Nos echamos a reír y salimos corriendo, jugándonos bromas y ese tipo de cosas. Resbalamos juntos en las baldosas de la vereda. Viene otro beso. Te tomo de la mano y te ayudo a levantar. Nos volvemos a tomar de las manos y vamos llegando a la pollería.
Tomamos la mesa de siempre: la que da para la ventana. Pedimos dos cuartos de pollo y una jarra de sangría. Brindamos por nosotros y por nuestro nuevo futuro juntos. Cenamos, dándonos de comer ambos en la boca como bebitos. Nos moríamos de risa mientras lo hacíamos.
Terminamos de cenar. Esta vez te subiste a mis espaldas y te lleve un par de cuadras. Mientras tú encima mío gritabas: ¡Nos Amamos!

Te bajaste de mi espalda y me besaste. Acaricie lentamente tu rostro, mientras lo hacía te contemplaba. Te sonrojas. Me pongo nervioso, pero digo que: Te Amo. No sabes lo difícil que es para mí decir esta pequeña frase. Me vuelves a abrazar, emocionada por mis palabras y me dices:
Yo se que siempre me has amado y sé que lo harás, no solo hoy sino siempre.
Llegamos al parque nuevamente. Me fui corriendo aun tienda y traje una pequeña botella de vino, que ya estaba abierta. Tomamos unos tragos. Volvimos a brindar por nosotros. Luego de pasar un rato con el vino conversando; mirando el reloj sabía que tenía que dejarte en tu casa. Me dices que tienes que irte a dormir ya, mañana hay que ir a la oficina. Y así lo hago. Te llevo hacia tu casa. Te dejo en la puerta. Te doy otro beso muy largo. Me despido. Prométeme que llamaras cuando llegues a tu casa; me dices. Yo asiento con la cabeza. Te dejo el vino que sobro y tú me das la cartulina con el dibujo. Espero lo puedas enmarcar y ponerlo cerca a tu cama para que pienses en mí: Me dices. Espero a que entres a tu casa.

Camino unas cuadras y me detengo en un quiosco, compro un par de cigarros y decido tomar un taxi. Por coincidencia era el mismo de la ida. Se sonrió al verme y me llevo a casa. En el camino pregunto cómo me había ido, solo atine a responderle que todo había sido perfecto. Me volvió a insistir con lo del hotel, pero decidí cambiarle el tema. Mire la cartulina y abrí la ventana, saque los folletos de mi casaca y los tire por la ventana sin que el taxista se diera cuenta. Hay menos tráfico a esta hora de la noche y eso hace que todo sea más rápido. Llego a mi casa. Bajo y le pago. Me despido rápidamente del taxista y entro a casa. Saco mi celular y te llamo. Escucho tu dulce voz y te digo que llegue tranquilo. Me vuelvo a despedir. Prendo uno de los cigarros y fumo un rato repasando la velada. Pienso y medito. Miro las estrellas por la ventana de mi cuarto. Mientras lo hago pienso y siento que te amo cada día más y que no importa si es domingo o sea cual sea el día tu alegras mi vida. Acabo el cigarro y cierro los ojos pensando en ti. Ahora me toca también soñar contigo.
