El otro día, una tarde conocí una chica en la librería. Hicimos conversación rápidamente y luego de escoger nuestros libros decidimos continuar con la conversación en una cafetería dos cuadras más arriba.
Pedimos dos capuchinos y unos muffins de canela. Ella con su libro de Foucault y yo con prosas apátridas de Ribeyro. Ella estudiante de filosofía y yo un intento de escritor que había abandonado la facultad de derecho el otoño pasado.
Mientras esperábamos nuestra orden la música instrumental a bajo volumen, como para favorecer la conversación. Miré un breve instante las mesas que nos rodeaban y reconocí: Algunos estudiantes de un instituto de cine cercano, algunos poetas, también escritores y un pintor que realiza trabajos en carboncillo que ahora los publica en una galería del centro de la ciudad.
— ¿Qué carrera estudias?— ella pregunta.
Trato de esquivar la pregunta, diciendo que ando en una serie de proyectos nuevos, ya que he decidido tomar este tiempo como “un año sabático” y que de todos los proyectos el más importante es que estoy escribiendo una gran novela (que todavía no he empezado) en donde se reflejen los ideas de los jóvenes de nuestra generación.
—O sea…. ¿Tú escribes?— ella vuelve a preguntar y en su rostro se denota una decepción
— Sí— respondo—. Trato de ser un gran novelista, de momento estoy en ese proceso
— Entonces, ¿Qué haces aquí y por qué no estas encerrado escribiendo tu novela?—. Su pregunta, se me hace incómoda.
— Salí a dar una vuelta al parque—respondí nerviosamente.
Para ese momento quedamos en un silencio y yo había perdido la confianza con la venía conversando desde la librería. Sentía como una gota de sudor recorría mi cachete izquierdo. Debía pensar en cómo salir de una situación que de favorable me hacía sentir en este momento muy incómodo. Quizás el error claramente fue decir que estaba escribiendo algo, cuando en verdad no tengo nada. Al decir nada me refiero: No tengo siquiera una página escrita, ni mucho menos una idea sobre la cual escribir.
— Yo, bueno estoy en tercer año de filosofía—ella con sus palaras me regresa a la realidad e interrumpe el silencio—.Eso ya te lo dije allá en la librería… ¡Qué tonta eres Margarita!—ella misma se regaña.
Nuevamente en silencio, como que sus últimas palabras también a ella la hicieron entrar en una especia de nerviosismo. Agachados mirábamos el suelo y parecíamos avestruces ocultando nuestras cabezas en la tierra.
— Disculpando la demora, aquí su pedido: Dos capuchinos y unos muffins de canela— dijo el mozo.
Ella toma su muffin y comienza delicada a comerlo con las manos, mientras yo pruebo un primer sorbo de mi café.
— ¿Además de escribir, tienes un trabajo?— ella pregunta y deja de comer.
— Ajá—respondo a secas.
Otra mentira. No tenía trabajo, mi vida no tenía rumbo o sentido, pero para quedar bien con ella le digo que sí.
— Chévere, me parece bien que trabajes—ella toma un sorbo de su taza de café—. Por otro lado ¿Cómo te das tiempo para escribir y trabajar?— vuelve a la carga con otra pegunta que me resulta incómoda.
— Cuando uno se ordena en la vida, puede con todo lo que se viene enfrente— respondo inflando el pecho.
Ya para ese momento no me importa mentir.
¿Total? Recién la conocía, no tenía que ser sincero y de su parte no sabía si ella era sincera.
— Creo y tómalo con un consejo—dijo ella—. Deberías dedicarte solo a escribir, recuerda lo que decían Fuentes y Vargas Llosa sobre el oficio del escritor: La disciplina para escribir todos los días, la constancia pese a los fracasos y la lectura constante para tener algunas ideas.
¿Ahora ella me daba consejos de cómo llevar mi vida?, Tampoco podía quejarme ya que tenía una vida desordenada. Había dejado la terapia que pagaba mi mamá luego de pelarme con ella por dejar la facultad, así que cualquier consejo sincero, hasta el de ella: Una desconocida que recién había conocido hace una hora y media antes.
— Mi visión del oficio de escribir es la de Cortázar—respondo—. Trato de escribir sin presiones y sin horarios que me aten.
¡Deja ya de mentir!, me digo a mi mismo mentalmente. En el fondo yo mismo sé que no me creo ninguna palabra que digo.
— Quizás, por eso no acabas esa “gran novela” que tienes en mente—ella toma un sorbo más de su café—. Si te dedicas de lleno al proyecto, no lo acabarás nunca.
Entonces vuelve mi mente a perderse y comienza divagar y ella comienza a decir un montón de cosas a las cuales no les presto atención alguna, porque me siento desprotegido, vulnerable y por sobretodo se ha descubierto que mi vida al ir sin rumbo es un fracaso.
Pero ella sigue hablando, veo como mueve sus brazos, como se limpia elegantemente los labios para no quitarse el labial y como mueve su cabellera de un lugar a otro, nunca parece terminar de hablar y mi mente perdida en las dudas de siempre cuando me acuesto a dormir.
— Hola, ¿Sigues aquí?—ella pregunta, mientras mueve sus brazos para llamar mi atención.
— Claro—respondo.
— Entonces ¿Sartre tenía razón?—ella pregunta.
— ¿Disculpa?—pregunto un poco perdido—. Pasa que me perdí, en lo último que me estabas diciendo.
— Hablaba sobre lo que mi profesor había dicho en clases sobre Sartre—ella me mira—. Parece andas perdido o quizás te estés aburriendo con lo que te estoy conversando.
— No, para nada—respondo, aunque en el fondo sigo mintiendo—. Estaba pensando en lo trascendental que fue Sartre para las letras, especialmente para la filosofía y la literatura.
— Yo, en el fondo te veo más del team Camus—dijo ella—. #TeamCamus— hizo el símbolo de numeral con los dedos de ambas manos.
— Bueno, preferí siempre leer La Peste, antes que La Naúsea—dije—. En general siempre me gustó un poco más Camus.
¡Al fin!, decía la verdad, claro luego de un largo rato de venir diciendo mentiras.
— Yo, puedo aceptarte eso que te gusta más Camus— dijo ella—. Yo en cambio no solo sigo y estudio mucho a Sartre, me gusta también Simone de Beauvoir como una de las precursoras del feminismo—toma el ultimo poco de café y nuevamente se limpia élegamente los labios— ¿Qué opinas del feminismo?—ella pregunta y noto cierta emoción en su voz.
— Creo que es necesario—respondo a secas.
— ¿Solo dirás eso?— con su pregunta, ella trata de que diga algo más del tema.
Siendo realista poco me importa el tema del feminismo en ese momento, no es que esté en contra, solo que preferiría hablar de otra cosa.
— En la actual coyuntura creo es necesario el feminismo— hable brevemente, muy cortante.
Pero ella se explaya, un tema que parece domina y comienza a enumerar una serie de grupos donde discuten la teoría del feminismo y como es que desde la frontera intelectual ellas piensan aportar en la lucha contra un sistema patriarcal y opresor. Entonces, nuevamente mi mente se distrae ¿Si el feminismo se radicaliza?, toda es teoría caería en un error, que en principio algunas mujeres dirán es algo banal, que la interpretación extrema del feminismo es negligencia de algunas, que esos falsos razonamientos y contradicciones en su actuar no desvirtúan esa lucha que de por sí es justa, pero una vez desvirtuada, ya pierde sentido totalmente.
— Solo espero una cosa— la interrumpo—. Que toda su lucha no se desvirtúe.
Ella se ríe. Me mira fijamente con esos ojos redondos, como estudiando todo mi lenguaje corporal y nuevamente quedamos en silencio.
— Algunas veces eres un poco raro— dijo ella, para volver a romper el silencio—. Por lo demás me caes bien.
— Gracias—respondí.
— Bueno—ella mira su reloj—. Creo que me tengo que ir ya se hace tarde.
— Yo igual—termino de tomar el último poco de café.
— Creerás que llevamos casi dos horas conversando y no se tu nombre—dijo ella.
— Moisés, me llamo Moisés—respondí.
— Solo, tengo una duda más—dijo ella.
— ¿Dime?—pregunté.
—Nunca me dijiste si estudiaste algo o si estas estudiando, tampoco comentaste mucho en donde o en que trabajas y no te veo enfocado en tu carrea de escritor—dijo ella mirando fijamente— ¿Tiene sentido tu vida ahora?
La pregunta fue una herida mortal, directa a mi alma.
— Veo que no respondes—ella me mira, mientras dice eso—. Espero que cuando volvamos a salir ya tengas más claras las cosas—apunto algo en un papel—. Aquí te dejo mis datos.
Se acerca a la caja y paga lo que ha consumido.
Yo reflexiono, mientras reviso su correo y su número de celular: “La próxima vez que la vea debo tener publicada ya una novela”.
