Undécimo Experimento.
Es raro. Me he levantado dos días seguidos a la misma hora en la madrugada. No puedo describir la sensación, pero definitivamente no me levanto de una pesadilla. Lo único a ciencia cierta es que me levanto con la imagen de alguien en mi mente: Ella. Sentí su ausencia estos días, mucho silencio en lo que antes eran largas noches de conversación, sentir que se ha perdido en la lejanía de los kilómetros que nos separan.
Podía hacer algo loco. Subirme a un bus e ir al encuentro de ella, ir por un café y terminar de conversar todas aquellas cosas que siempre dejamos en pendiente cuando Morfeo le gana la batalla a nuestras conciencias, pero de momento somos víctimas de nuestras esclavizantes agendas.
Por otro lado puedo decir que con el tiempo aprendí a conocerte. Que entre tus palabras existe un mensaje oculto y que creo haber descifrado. Conocerte cada día para mí ha sido una tarea lenta. Algunas veces sus señales, sus cercanías, pero sobre todo este tiempo de lejanía me hace entender que ella es una persona madura.
¿Qué puedo hacer para calmar esa rara sensación?
Me siento en el escritorio y escribo otro poema. Quizás se lo de cuando ella regrese y decirle que en la soledad la extrañé o pedirle que si se vuelve a ir, se lleve estos versos para el camino.
Suena entonces el celular. Son 4:05 AM.
“Javi gracias las últimas palabras que enviaste, me siento halagada y por sobre todo me siento mejor. Es tanto por tan poco, en el silencio de estos días aprecie más estas palabras. Tenía que regresar solo para decirte esto. Gracias.»
¿Cuáles fueron mis últimas palabras antes de su partida?
«No entiendo del todo tu partida, espero que cuando necesites unas palabras de aliento recuerdas estas últimas que te envío.»
Definitivamente necesito escribir un poema sobre esto.
